Una mirada psicológica a la procrastinación
¿Por qué dejamos para mañana lo que sabemos que deberíamos hacer hoy?
Todos hemos vivido esta situación. Sabemos que tenemos que hacer algo importante. Terminar un informe, estudiar para un examen, pedir una cita médica, resolver un problema laboral o mantener una conversación difícil con alguien cercano. Sabemos que deberíamos hacerlo. Sabemos incluso que retrasarlo probablemente empeorará las cosas. Y, sin embargo, no lo hacemos.
En lugar de ello revisamos el correo, ordenamos algún cajón, miramos las redes sociales, buscamos cualquier otra actividad aparentemente más urgente o más agradable. Nos prometemos que mañana sí empezaremos. Pero cuando llega mañana, el ciclo suele repetirse.
A este fenómeno lo llamamos procrastinación.
Sin embargo, aunque habitualmente se presenta como un problema de organización o de disciplina, la realidad es bastante más compleja.
La procrastinación no es pereza
Una de las ideas más extendidas es que las personas procrastinan porque son perezosas o poco responsables. Pero la experiencia clínica muestra algo muy diferente. Muchas de las personas que procrastinan no son indiferentes a las tareas que postergan. Al contrario. Suelen preocuparse mucho por ellas. Piensan en ellas constantemente. Se sienten culpables por no hacerlas. A veces incluso dedican más energía mental a preocuparse por la tarea que a realizarla.
La persona quiere actuar, pero algo la bloquea. Por eso muchas veces la procrastinación resulta tan frustrante: no se trata de no saber qué hacer, sino de no conseguir hacerlo a pesar de querer hacerlo.
Lo que realmente evitamos
Cuando pensamos en procrastinación solemos imaginar que la persona evita una tarea. Pero desde el punto de vista psicológico la situación suele ser diferente.
Lo que evitamos no es la tarea en sí. Lo que evitamos es lo que representa esa tarea, sin saberlo.
Por ejemplo:
- Un estudiante puede evitar estudiar porque teme suspender.
- Un profesional puede retrasar la entrega de un proyecto porque teme ser juzgado.
- Una persona puede posponer una conversación porque teme el conflicto o el rechazo.
- Alguien puede retrasar una decisión importante porque teme equivocarse.
La tarea se convierte en una fuente de malestar emocional. Y la evitación aparece como una solución inmediata.
El alivio que mantiene el problema
La procrastinación suele funcionar como un mecanismo de alivio emocional.
Imaginemos que una persona tiene que realizar una tarea importante. Al pensar en ella aparece ansiedad. Entonces decide dejarla para más tarde. ¿Qué ocurre inmediatamente después? La ansiedad disminuye. Aparece una sensación de alivio. Aunque sea momentánea. Ese alivio es precisamente lo que mantiene el problema.
La mente aprende que evitar funciona para reducir el malestar. Por eso la próxima vez que aparezca una situación parecida, la tendencia a evitar será todavía mayor.
A corto plazo la procrastinación reduce la ansiedad. A largo plazo la multiplica. Y cuanto más aumenta el malestar, más atractivo resulta volver a evitar. Así se forma un círculo vicioso que puede mantenerse durante años.
El miedo al fracaso
Uno de los factores más frecuentes detrás de la procrastinación es el miedo al fracaso. No se trata únicamente de fracasar. Se trata de lo que la persona cree que ese fracaso diría sobre ella misma. La procrastinación intenta evitar confrontar con una situación que sería una amenaza de algo importante.
«Si fracaso significa que no soy suficientemente bueno»
En estas circunstancias, procrastinar puede convertirse en una forma de autoprotección. Paradójicamente, no hacer la tarea parece menos doloroso que hacerla y comprobar que no sale como uno esperaba.
El perfeccionismo: cuando lo perfecto impide lo posible
Muchas personas procrastinadoras no tienen estándares bajos. Tienen estándares muy exigentes. Esperan sentirse totalmente preparadas antes de empezar. Esperan encontrar el momento ideal. Esperan producir un resultado excelente desde el primer intento. Y mientras esperan, no actúan. Cuando cualquier resultado imperfecto se vive como un fracaso, empezar se vuelve extremadamente difícil.
¿Cómo empezar a salir de este círculo?
La solución no consiste únicamente en organizar mejor el tiempo. Muchas personas saben perfectamente cómo organizarse.
Abordar la procrastinación implica un trabajo terapéutico sobre nuestros miedos, inseguridades, expectativas o búsqueda de aprobación.
Por eso suele ser más útil preguntarse:
¿Qué emoción estoy evitando?
¿Qué me preocupa realmente de esta tarea?
¿Qué podría ocurrir si la hiciera?
¿Qué estoy intentando proteger?
Comprender esto permite abordar el problema desde otro lugar.
Si esto que leíste te resonó…
Tal vez sea momento de empezar a trabajar sobre ello desde un acompañamiento profesional.
Marcos Böcker
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